La oficina está a oscuras y el comedor iluminado. PIRSO come sentado en la mesa. Al lado del plato un yogur vacío. Lleva ropas de parroquia, casi todo sucio.

BAROS entra al comedor por la puerta de la calle. Viste de manera incluso más incoherente, sucio también.

PIRSO (sin mirar a BAROS)

Se ha comido usted mi yogur.

BAROS

¿Yogur? ¿Qué es un yogur?

PIRSO (señala el envase del yogur)

Lo que había aquí dentro.

BAROS

¿Y yo me he comido eso?

PIRSO

Esto no: lo que había dentro.

BAROS

¿Y para qué quiero comerme yo un cacho de plástico?

PIRSO se ha cansado. No quiere dar más explicaciones.

¿Y usted, señor? ¿Qué me ha comido usted a mí?

PIRSO

¿Yo a usted? Nada, señor. Ni siquiera sé quién es usted.

BAROS

Hay, aun así, algo que me ha comido usted a mí...

PIRSO

¿Qué le he comido yo, si se puede saber?

BAROS

El espíritu.

PIRSO (arruga la nariz)

¿El espíritu? Ni pensar. Usted debe de tener un espíritu asqueroso. Con ese pelo sucio…

Pausa.

Y si no es mucho preguntar: ¿Quién es usted?

BAROS

Baros el sastre, señor. Hijo de Mitrofan.

PIRSO (como si fuera demasiada casualidad)

¿Mitrofan? ¿Hijo de Mitrofan? No… Es imposible. El Mitrofan que yo conozco es un hombre joven. Debe de ser otro Mitrofan.

BAROS

No, señor. En el mundo no hay más que un Mitrofan. Todos los Mitrofan son el mismo Mitrofan.


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