
A mí me gusta teclear con todos los dedos, con todos los dedos, con todos los dedos. Y sentir, cuando termine la vida -esto es el colmo de la literatura- sentir que ni un granito de arena pudimos tocar con todos los dedos. “Incluso así” -con todo lo que hicimos,...si querés...-“, decirnos moviendo un poco la cabeza rezongones, como permitiéndonos esa licencia (total hicimos tanto que es casi como decir “Perdón mi Dios, también soy un niño”). Como si no hubiéramos sabido desde siempre que ni siquiera la Muerte, ¡ni siquiera! -“¡Una señora, mi querido!”-, aunque ahítos, ay, (se escucharon nuestros ayes -lo tuvimos en cuenta-), ahítos de tragedia y embelesados por la delicia de la cosa exquisita, le dedicábamos todas nuestras zalemas, le regalábamos bombones, le suplicábamos por cinco minutos más, rogando morir con dignidad -que eso sí que es el colmo de la literatura.- “Con tanta dedicación que pusimos”, insistir con la cabeza más bien gacha, para ser sotreta hasta el final, nos atreveríamos total a confesar no pudiendo creer que se juegue a los dados nuestra única túnica, enteramente tecleada con todos los dedos con todos los dedos, con todos los dedos. “Y sin embargo igual, ¡la pucha!”, decirnos -también-, mirando: las últimas poblaciones amenazadas por el nubarrón inmenso (cubre toda la pampa) que tomará la forma de las sombras de mis delgados dedos obstinados tocando todo con todos los dedos, con todos los dedos. En algunos crepúsculos si miran bien verán -no se anuncia como el eclipse-, hay que apañarse, ¡ay!, pero ésa tarde y no cualquiera verán que todas las nubes han compuesto la forma de mis dedos tecleando sobre la inmensidad de la pampa como si la inmensidad, ella sola, fuera mi única Rusia, mi teclado hasta el confín, mi acera para bailar sola, mi pista. Claro que habrá que mirar al cielo, pero así nomás, de entretenido decir: “Las nubes arman dedos tecleteando...mirá: son dedos que teclean todo con todos los dedos” Es el Espíritu el que habla. Y no puedo decirles dónde estarán las lágrimas, pero si huelen salado es suficiente. O escuchar podrán -capaz- si estiran las orejas suavemente y con esmero, el aullido del famoso uquelele del tonto que pulsará todas las cuerdas que no pude pulsar; como el viejo “mira su sombra y se persigna”.
Y: “Así es la vida”, filosofar como quien no quiere la cosa. Filosofar es eso: dejar la mirada perdida y no preguntarse cómo es la vida sino decir (colchón del lugar común, changuí con trampa), decir perplejos: “Así es la vida”, y desencadenar la zozobra en nuestros pechos. Y ya dije que la rima es áspera, la rima. O, en el mejor de los casos, poder decir que mientras se puede decir “Todo es terrible” no es tan terrible. Es de Beckett. Y me gusta citar la fuente, y si no suelo hacerlo es por la urgencia que me anima: teclear todo con todos los dedos, y a ustedes y a mí se nos iría la vida (que nadie se haga el vivo con un equivocado “la vida se nos va igual” porque parecido señores no es lo mismo y conozco vuestra disposición al facilismo por arribita, a preferir la evocación -tan literaria- a la disociación que da loquito).
(de ¡Que salga el autor!)
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