(de: la historia de los tiranos)

Dijo San Agustín: “lo que más interesa no es lo que se sufre, sino cómo lo sufre cada uno”.
De los filósofos, más que de los hombres comunes, esperamos un sufrimiento distinto; sufrir con la calma e intensidad justas y alcanzar lo sublime por esa vía, es esto lo que se exige de los filósofos.
Pero de ideas el mundo se llenó rápidamente; mientras que de santos no. Su aparición es más bien lenta: como piedra preciosa.
De Zenón ya se conocían sus ideas: era el Negador de las Cosas Evidentes. Decía y repetía: el espacio no existe, el tiempo no existe, el movimiento no existe. El mundo entero tenía para Zenón el mismo sonido: si nuestros oídos son incapaces de escuchar la unidad no culpemos al Músico, al Gran Músico, no lo juzguemos inexistente, culpemos, sí, a los oídos, la degradación terrestre de los órganos que nos fueron ofrecidos.
El problema fue entonces uno: negar la realidad es negar también las jerarquías. Es negar al esclavo y negar al rey. Si, con este raciocinio, el primero puede entusiasmarse, el segundo, ése, puede no perdonar. Así fue: el tirano lo oyó y no le gustó.
¿Zenón negaba su poder?
Es necesario que admita públicamente su error; o entonces que no pueda volver a cometerlo, una forma exacta de afirmar: ¡entonces que muera!
Sin embargo, como el poeta, Zenón, frente al poder tenía un lema: “Resistir mucho, obedecer poco”. Lema tan audaz como peligroso.
Es que a los tiranos podemos dividirlos en dos especies: los que admiran la audacia más que temerla, y los otros.
En definitiva: el tirano que se cruzó con la vida de Zenón era de los otros.
Del soberano chino Xuan Zong se cuenta que, admirador profundo del poeta Li Bai, le pagaba las deudas en la taberna, le aderezaba la comida, y llegaba incluso a limpiarle la boca con su propia servilleta real.
Muchas otras veces en la Historia el poder se arrodilló frente a la filosofía y el arte. Unas por sincera devoción a lo Bello, otras por miedo: los poetas y filósofos tienen conexiones secretas con los dioses y algunos demonios – así se decía y se dice todavía, entre los incapaces de la construcción de palabras o ideas.
En el tirano de que se habla todas las causas eran esclavas de una: el miedo.
Durante dos años endulzó a Zenón: le ofreció comodidades; días con promesa de oro por debajo. Le pedía, sutilmente:
-Abandona las ideas que ponen en causa a la realidad. Mira hacia mi trono; soy el soberano. Soy el que manda quien manda en la realidad.
Suficiente filósofo para oír sólo lo justo, Zenón prosiguió, con su método, mostrando la inexistencia de la materia y lo ridículo de lo alto.

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