
Te conté que a las tres de la mañana encontré un perro herido y lo llevé en brazos y apareció el dueño unos metros más adelante y me preguntó qué era lo que hacía: él quería abandonar al perro, que yo lo dejara, él era su dueño. Terminé en la casa de él, nosotros dos y el perro, él contándome su vida. Había tenido una abuela que adoraba al perro, pero la abuela murió y él le pegó un tiro a la pata del perro con una pistola que sólo hace ruido, primero le tiró en la pata, y esto es violento pero no muy violento, y después agarró la cabeza del perro y apoyó la pistola sobre la cabeza del perro.
-Nunca pensé que fuera a tener algún efecto.
(La forma en la que el perro camina no se debe al tiro en el pie, sino a la cabeza: está loco, el perro; se nota en las piernas.)
Mientras tanto mi hija bebe el agua del baño de la hermana con un vaso azul que encastra en otros vasos más grandes, y tiene un año y medio y en veinte años no va a beber el agua de la hermana.
Los hijos crecen como la naturaleza, me decía alguien, pero en los árboles no crece el pudor ni el asco y en los niños sí. Un par de naranjas y un corazón de rosas artificiales; como en el bar de las putas siempre está la puta deprimida, más joven, que no baila como las otras, y está siempre el esperanzado en convertirla y siempre termina así: la puta deprimida le saca al esperanzado algunos billetes, todavía antes de desvestirse, y huele a pis en el cuarto, y al lado del espejo de dimensiones mínimas, un poco arriba, está el corazón con rosas.
-¿Son artificiales?
Artificiales, sí. Como estar vivo. Una depresión profunda, huele a pis la casa entera.
(de "Un corazón de rosas")
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